Desadaptación *

Por Josué Barba

Vivir en un mundo industrializado, informatizado y en constante evolución es bueno. Óptimo, en algunos casos. Podría aseverarse que representa, incluso, una garantía de progreso. Pero no se trata de un argumento incuestionable. Nuestra forma de vivir nos ayudará a avanzar, siempre y cuando no atente contra lo que llevó al ser humano a alcanzar aquel punto que con tanto esfuerzo conquistó: la conexión con el medio y la capacidad de adaptación a las circunstancias.

En una sociedad como la de hoy, afianzada sobre los pilares del consumo y la comodidad, es fácil percatarse de la existencia de manifestaciones que se oponen al funcionamiento de la naturaleza. En cierta medida, estos fenómenos pueden ser tan extravagantes que llega a ser curioso, y hasta ridículo, lamentarse. Sin embargo resulta interesante cuestionarse si lo que tenemos es lo que deseamos y lo que queremos lo que demandamos. Porque aunque ahora sea normal comer sandías cuadradas, naranjas en primavera y tomates perfectos (en forma e insipidez), no significa que las cosas deban ser así. Porque aunque la leche tenga mil apellidos para sugerir que lo comercializado hasta hace poco nunca debería haberse llamado con el mismo nombre, no quiere decir que el producto de hoy sea mejor que el de antaño. Porque aunque haya quien afirme que se puede hacer actividad física sin mover un músculo, que es posible adelgazar sin dieta ni ejercicio y que los videojuegos son la mejor herramienta para desarrollar las capacidades de los niños, todavía se puede discrepar.

Hace no mucho la OMS1 alertó sobre la posibilidad de que la esperanza de vida de los niños de hoy, por primera vez en la historia, fuera menor que la de sus padres como consecuencia de las enfermedades relacionadas con el estilo de vida. Se trata de una terrible afirmación que surge de la reciente y cada vez más habitual tendencia del ser humano a desadaptarse de su entorno.

¿Desadaptación? ¿No es exagerado? Quizá. Pero para no utilizar ese sustantivo hace falta encontrar otro que nos ayude a entender las razones por las que cada día existen más patologías relacionadas con la mala alimentación, el sedentarismo y las conductas adictivas. Es preciso también definir por qué resulta frecuente asumir como normales los problemas derivados de los excesos (de comida, de hambre, de inactividad, de trabajo). Y comprender por qué en la actualidad es natural no caminar ni un minuto al día, atiborrarse de medicamentos, convivir con el malestar, conformarse con el envejecimiento prematuro, alimentarse con productos prefabricados, despreciar lo que ofrece la naturaleza y modificar lo que nos proporciona. ¿Desadaptación? Entonces, puede que sí.

Necesitamos recapacitar sobre si nuestra tendencia se aproxima a esa conducta de desnaturalización o a preservar lo adquirido a lo largo de miles de años de evolución. Como seres fundamentalmente adaptativos debemos rebelarnos ante la hipotética regresión de nuestra especie, renunciar al conformismo y el estancamiento y recuperar aquellos hábitos que nos fortalezcan de nuevo para enfrentar la realidad con los recursos y la entereza suficientes.

Para ello no hay recetas infalibles ni soluciones inmediatas. Sólo basta, sin la necesidad de grandes esfuerzos, tomar conciencia del presente y proyectarse con entusiasmo hacia un futuro digno de nuestra especie.

Un futuro en el que el cuerpo seguirá siendo la herramienta prioritaria en la conexión con el hábitat. En el que la actividad física tendrá un lugar de privilegio en la rutina diaria de cada persona y cuyo empleo proporcionará un bagaje inestimable para encarar los estímulos de la vida. Un futuro en el que la alimentación no será un acto inconsciente ajeno al placer de comer y a la sensación de sentirse bien después de hacerlo. En el que el consumo no estará supeditado a los caprichos momentáneos sino a las necesidades y posibilidades de cada individuo… y del planeta. En el que en interés por salvaguardar el entorno surgirá del deseo de protegerse a uno mismo y de expandir este cuidado en todas direcciones. Un futuro inminente.

Existen argumentos de toda índole para escapar de esta desadaptación que nos acosa con insistencia: económicos, políticos, sociales, ecológicos, sanitarios… Cada cual puede apoyarse en uno –o varios– para entender que está en nuestras manos la posibilidad de seguir ligados a lo que somos y evitar caer en una nociva espiral de involución y deterioro, respetando de esta manera el compromiso tácito de preservación de la especie humana.

Esta propuesta cultural aporta su granito de arena en el proceso de readaptación al medio a través del empleo de técnicas y conceptos originados en una época remota, caracterizada por la verdadera unión entre el ser humano y la Tierra. Del mismo modo proporciona los recursos elementales (y muchos más) para afrontar las exigencias del ambiente de la mejor forma posible y ofrece un horizonte de progreso ilimitado para personas positivamente inconformistas, aquéllas que no se resignan con menos que mucho.

*Organización Mundial de la Salud

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