Una cuestión de puntos de vista

A la hora de practicar, podemos hacerlo desde dos ópticas completamente diferentes: una manera es utilizar la represión como sinónimo de disciplina y esfuerzo personal, y otra completamente diferente es emplear el placer y la desrepresión como forma de evolución y autosuperación.

Habitualmente, todo camino hacia la perfección está asociado al displacer en mayor o menor medida. La disciplina es muchas veces entendida como una especie de mortificación inevitable para mantener la constancia y alcanzar los propios objetivos. Esta concepción existe gracias a paradigmas relativamente modernos, provenientes de culturas patriarcales que centran el poder en la fuerza y la dominación.

En la más remota Antigüedad, en un período protohistórico (hace más de 5000 años), la mayoría de las civilizaciones no guerreras eran matriarcales. Esas sociedades primitivas eran sedentarias, dominaban la agricultura y vivían en lugares naturalmente hospitalarios, con un clima favorable, ríos y tierras fértiles para el cultivo; por eso no precisaban invadir o dominar a otros pueblos para sobrevivir. Se sabe que las antiguas civilizaciones egipcia y cretense eran matriarcales, al igual que la civilización del Valle del Indo, que habitó el noroeste de la India.

Se supone que, en un principio, todas las sociedades habrían pasado por una etapa de matriarcado. En algunas regiones, todavía al comienzo de los tiempos históricos, estuvo vigente una sociedad pacífica en la que lo femenino jugaba el principal papel en el mundo social, y continuaron sobreviviendo instituciones de estas características a principios del nacimiento de los Estados, entre ellas, la herencia al trono por vía matrilineal, lo que pone de relieve la presencia del matriarcado arcaico.

Estas civilizaciones pacíficas se fueron extinguiendo después de sucesivas invasiones de pueblos del centro de Europa y Asia. Eran nómades que provenían de tierras hostiles, heladas y desérticas, donde la vida era muy difícil. Buscaban lugares más propicios para desarrollarse y contaban con una fuerza bélica infinitamente superior a sus adversarios, que vivían en plácidas comunidades no guerreras. Eran los persas, arios, armenios, baltos, medos, eslavos, hititas, frigios, kurdos, albaneses, griegos, hunos, italiotas y muchos otros.

Las civilizaciones que centraban su poderío en la fuerza no podían involucrarse profundamente con la mujer, la familia o la sensorialidad, ya que eso hubiera debilitado su impulso belicoso. El hombre tenía que reprimir sus sentidos para soportar la tortura y la guerra, y en contrapartida sería beneficiado por honores y alabanzas. Existen infinitos mitos para sostener el deseo antinatural de querer morir en la batalla. En consecuencia, estos pueblos impusieron una cultura patriarcal y represora donde no había ninguna posibilidad de reivindicar el placer como elemento válido para nada.

Esta cultura patriarcal se sostiene hasta hoy, algunas veces de manera más evidente y otras más disimulada, pero sin dudas estamos condicionados en muchos aspectos por su legado.

Nuestro trabajo rescata los valores más antiguos y desrepresores, por esto valoriza el placer como una vía válida y sumamente efectiva para la evolución personal y el desarrollo interior. Es infinitamente más fácil mantener la disciplina en la práctica si disfrutamos de ella, como lo hacemos de cualquier cosa que dé placer a nuestros sentidos.

NOTA: Es importante recalcar que matriarcal no significa patriarcal al revés. En los matriarcados hombres y mujeres se complementaban para las distintas tareas y ambos tenían roles importantes en la sociedad. La mujer sin embargo era muy valorizada por ser capaz de un milagro incomprendido por el hombre primitivo y que era dar a luz otros seres humanos, generaba al propio hombre, por eso era adorada como encarnación de la divinidad misma.

Texto original: Sol Montenegro (fragmento del libro La flexibilidad, mucho más que una capacidad física).

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